Póngamelo sin dibujos, por favor

libros arte (taringa)

El otro día, mi madre me contó que cuando yo era niña, no me gustaban los libros ilustrados, “con dibujos”, como yo los llamaba. Por lo visto, decía algo así como que si te dibujaban la historia, no te la podías imaginar por ti mismo, y que yo prefería que todo saliese de mi cabeza. Me lo contó solo en plan anecdótico, porque la verdad es que yo me acuerdo perfectamente de esa sensación.

No recuerdo cuál fue el primer libro que leí. Supongo que tendría cerca de 5 años y sería algún libro infantil con muchos dibujos y letras enormes. Tampoco recuerdo bien cuál fue mi primer libro sin ilustraciones; probablemente alguno de la colección de Pesadillas –estaban muy de moda en los años 90, y me encantaban–. Lo que sí recuerdo con total claridad, es que una vez había probado los libros sin ilustraciones, ya no quise volver a los otros. Y por aquel entonces tendría cerca de 8 años, puede que menos, porque sé que fue con 8 años cuando empecé a leer Harry Potter y ya llevaba bastante tiempo prescindiendo de los “dibujos” en los libros.

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Qué tiempos aquellos

La experiencia carente de ilustraciones me parecía inigualable. Todo, absolutamente todo, dependía de mi capacidad para imaginar lo que leía. Y como la mente de un niño no tiene límite, en mi cabeza se formaban mundos asombrosos e historias únicas. Sobra decir que de pequeña, leía bastante. Muchísimo. Quizá demasiado. Por aquel entonces sí que no habría tenido problema para llevar al día el proyecto Un libro por semana, y no como ahora, que lo hago desastrosamente.

Hubo un momento en que las ilustraciones llegaron a resultarme molestas. Yo ya me había creado una idea muy clara en la cabeza, ya fuera sobre un personaje, un lugar o un objeto, y de repente, pasaba la página y… ¡Toma! Un dibujo. Ahí, sin pedir permiso ni nada. A veces, el dibujo no se correspondía del todo con lo que yo había imaginado, y me sentía como si tuviese que empezar a crear desde cero. Era una especie de allanamiento mental, una invasión. ¿Quién les había dado permiso para decirme cómo tenía que imaginarme la historia? ¡Eso era cosa mía! ¡Ellos me la cuentan y yo me la imagino, así funcionan los libros!

Fue cuestión de tiempo. Afortunadamente, a partir de los 11-12 años, la mayoría de los libros cuyos géneros correspondían a esas edades ya se publicaban sin ilustraciones. Pero hasta entonces, tenía que ir con pies de plomo. Y creo que a costa de la manía que les cogí a los libros ilustrados, llegué a perderme cosas interesantes. Por ejemplo, leí el primer libro de las Crónicas de Narnia y nunca llegué a continuar con la saga. Y no porque la historia no me hubiera gustado; sino porque los libros venían con dibujos.

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¡Un enano se ha colado en el texto!

A día de hoy, mi concepción de los libros ilustrados ha cambiado. Mantengo la creencia de que no hay nada como imaginárselo todo, sin más guía que la que te brindan las palabras. Pero he aprendido a disfrutar de las ilustraciones a otro nivel. Las percibo más como arte visual añadido que como parte de la historia, y sigo imaginándome lo que leo a mi manera. Intento apreciar, además, el componente de nostalgia que tienen los dibujos en los libros. También es verdad que en los géneros que leo ahora, las ilustraciones suelen cumplir una función distinta. Si algo viene ilustrado, es porque la ilustración es la base del libro en cuestión, como en la novela gráfica o en los comics. Pero en las novelas como tal que leo a diario, no suele haber dibujos. Y para ser sincera, la niña que hay dentro de mí lo agradece.

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Los libros de Paula Bonet me han reconciliado con la literatura ilustrada

No estoy menospreciando los libros ilustrados. Con los años me he dado cuenta de que siguen siendo hermosos en un sentido muy auténtico, y que valen su peso en oro por combinar dos artes que me encantan: la literatura y el dibujo. Pero una parte de mí no puede evitar pensar que no hay imaginación mayor que la de los niños, y que no es necesario poner límites (o facilidades, según lo mires) a esa imaginación. Sus mentes pueden crear cosas maravillosas sin ninguna ayuda, inspiradas por una historia bien contada. Obviamente, me refiero a niños de cierta edad, no vayáis a pensar que pretendo imponer la norma a peques de 4 años. En cualquier caso, si tuviera que proponer algo, sería que pudieran elegir a cualquier edad. Si te gustan con dibujos, aquí tienes una amplísima sección. Si te gustan sin dibujos, aquí tienes otra. Así se evitarían momentos frustrantes de vuelta de página como el que he descrito más arriba, y no habría límites de ningún tipo para la literatura.

La verdad es que no tengo ni idea de cómo funciona actualmente el mundo de la literatura infantil y tampoco creo que sea asunto mío decir cómo debería funcionar. Hablo exclusivamente por mi experiencia de pequeña lectora, hace ya varios años. A lo mejor la mayoría de los niños prefieren libros con dibujos. A lo mejor yo soy rara y no sé apreciar el arte de la ilustración. En el fondo, el principal motivo por el que he escrito esto es que no quería desperdiciar la oportunidad de recordar mis primeros años como lectora, cuando no había responsabilidades y podía pasarme cuatro horas seguidas leyendo si me apetecía. ¡Eso sí que eran buenos tiempos! La Lara del pasado me daría una patada en la espinilla si viera ahora lo que me cuesta, a veces, sacar tiempo para leer. Y la Lara del pasado tendría toda la razón.

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4 comentarios sobre “Póngamelo sin dibujos, por favor

  1. Me encanta tu anécdota. Con dibujos o sin dibujos es maravilloso que un niño lea. Eso que cuentas de que te gustaba que fuera tu imaginación la que creara los personajes y los lugares me parece un aspecto singular y propio de una criatura muy inteligente. A mi, me gustaban de los dos, con y sin dibujos. Pero era que me gustaba apreciar el colorido de las ilustraciones. Siempre me ha gustado el arte, las pinturas, los dibujos. Debe ser por eso. Te repito, tu anécdota es muy simpática y disfruté mucho leerla.

    1. Entiendo lo que dices, a día de hoy he aprendido a apreciar las ilustraciones como arte, por su creatividad y su color. Pero como era pequeña, supongo que no me paraba a pensar en eso y solo me importaba la historia. Tú, sin embargo, sabías disfrutar el aspecto visual y eso es genial. Me gusta pensar que cada lector tiene su estilo desde siempre, tenga la edad que tenga 🙂 ¡Muchas gracias por tu comentario y por compartir tu experiencia!

  2. A mi me ocurría lo mismo con las películas. Si veía la película y después leía el libro no podía imaginarme la historia de otra forma: ni los paisajes, ni los protagonistas, vestuario, etc.

    A día de hoy me sigue pasando a veces. Por eso trato siempre de leer el libro antes que ver la película. Hay casos como el de Marlon Brando en “El Padrino”, que no me importa, ya que es como si Mario Puzzo hubiera escrito su personaje a medida para su interpretación,

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