Mi único día sola (Relato)

puzzle

I

Nunca había comprado comida en una tienda. Siempre lo hace Mamá por mí. Pero con todo lo que ha pasado, no he tenido otra opción. Tengo hambre y estoy sola. Tenía que comprar algo.

Por suerte, no he tenido que hablar. Había sándwiches envasados en la nevera de la tienda, así que he cogido uno y lo he pagado. Estaba muy nerviosa por si tenía que hablar, pero no ha hecho falta.

Me gusta estar sola. Es cuando más cómoda me siento. Pero nunca puedo estarlo, porque Mamá dice que no es seguro. Dice que me puede pasar algo, que alguien puede engañarme o robarme, o como ella dice, “algo peor”. Por eso, en realidad, nunca estoy sola del todo. Aunque juegue sola en clase, siempre hay profesores y voluntarios vigilándome. En casa, siempre hay alguien observando cómo leo o hago puzzles. Me resulta muy incómodo que me miren fijamente. Pero tienen que vigilarme, por ser como soy. Porque, como dice Mamá, soy “especial”. Por eso todos piensan que tienen que vigilarme, y también por eso piensan que yo no me doy cuenta de que me vigilan. Pero me doy cuenta. Yo me doy cuenta de todo.

II

Es la primera vez que paso un día entero sola. Y como me gusta estar sola, no me ha importado hasta ahora, que tengo que descubrir cómo volver a casa. Supongo que todos me están buscando. Debería pedir ayuda, pero no quiero hablar con nadie. Ojalá no tuviera que hablar con nadie.

Nada de esto habría pasado si no me hubiera saltado las clases. Nunca me las había saltado, excepto esos días en los que estaba con gripe. Mamá dice que estar enferma es un buen motivo para faltar a clase. Pero hoy no estaba enferma. Solo estaba asustada. Porque ayer no vino él. Y tampoco el día anterior. Ni el anterior. Y desde que él no viene, siento mucho miedo. No sé por qué.

El día que llegó, le vi mucho antes de que él me viera a mí. Se presentó a los profesores y a los otros voluntarios, y le dieron una tarjeta de identificación. Deseé que no se acercara, pero se acercó, porque siempre se acercan. Se sentó a mi lado y observó mi puzzle casi terminado. Me detuve, esperando a que me hablara. Siempre me hablan. Aunque sepan que no les quiero contestar. Aunque sepan que no me gusta.

Pero él no me habló. Se quedó mirando el puzzle, como esperando a que siguiera haciéndolo. No dijo ni una palabra el día que llegó, y eso me gustó. Nunca nadie había sabido respetar mi silencio como él.

III

Hay un hombre que lleva siguiéndome desde hace dieciocho minutos. Él cree que no me he dado cuenta, pero lo he notado desde el principio. He pensado que si aceleraba el paso, se cansaría y se pararía. Pero no. Sigue ahí, a unos seis metros, y cuanto más rápido camino yo, más rápido camina él. Me está poniendo muy nerviosa. Ojalá tuviera un móvil para llamar a Mamá y pedirle que viniese a recogerme. No conozco este barrio y la única persona a la que podría pedir ayuda es ese desconocido que me persigue. Y no quiero hablar con él.

Estoy asustada, así que intento pensar en otra cosa. Pienso en los últimos meses en clase. Pienso en él y en su silencio.

Durante varias semanas, no hizo otra cosa que sentarse a mi lado sin decir nada. Simplemente me acompañaba mientras leía, dibujaba o hacía algún puzzle. Era fácil. Por primera vez en mi vida, no me importaba que alguien estuviera tan cerca, porque no tenía que hablar ni mirarle. No tenía que hacer nada. Él solo esperaba que hiciera lo que yo quisiera.

Al cabo de un mes, habló. Yo ya le había escuchado hablar con otros voluntarios. Conocía su voz, su acento y su risa. Incluso supe algunas cosas sobre él, como que es dos años y cuatro meses mayor que yo y que practica natación. Pero nunca me había hablado a mí. “Te he traído una cosa” fue lo único que dijo, y yo me alegré de que no dijera nada más. Después, puso un pequeño maletín sobre la mesa y lo abrió: eran lápices de colores nuevos, y los había traído para mí. Para mis dibujos. Había muchos y muy bonitos. Parecían mucho mejores que los que me dan en clase, y la verdad es que me gustaban. Enseguida los probé, y noté que él sonreía. Pero entonces se acercó mi profesora y me preguntó por qué no había dado las gracias por el regalo. Yo no respondí, así que me lo preguntó más alto. Como si no la hubiera oído. Y como seguía sin responder, se enfadó y se acercó mucho a mí, demasiado, y me ordenó que diera las gracias por el regalo. Y yo me puse muy nerviosa y tiré el maletín al suelo. Ojalá no hubiera hecho eso. No quería tirar el maletín. Habría preferido tirarla a ella.

Pero a él no le importó que tirara el maletín ni que no le diera las gracias. Al día siguiente se sentó a mi lado, como siempre, y solo dijo, sonriendo: “No hace falta que me des las gracias por los lápices. Ya sé que te han gustado”. Y ya no volvió a decir nada durante varios días. Solo se sentaba a acompañarme. Y eso me gustaba.

Ojalá él estuviera aquí ahora. He llegado hasta este barrio buscándole y ahora no sé dónde estoy. Se ha hecho de noche y tengo frío.

Y ese desconocido…

¿Dónde está?

Estaba siguiéndome hace un momento, pero ya no le veo. Quizás se ha cansado y se ha marchado por su camino. Quizás…

—Hola, preciosa. ¿Por qué estás tan sola a estas horas?

No. No se ha marchado.

Está aquí.

IV

Pasó seis meses sentándose a mi lado. A veces me traía puzzles o libros, y yo nunca tenía que darle las gracias. Después de tres meses, le ofrecí una ficha de mi puzzle para que lo hiciera conmigo. Eso le alegró mucho, y pensé que si tanto le gustan los puzzles, podría haberlos hecho antes. Mi clase está llena de ellos.

Hacer puzzles juntos era divertido. Nos íbamos turnando para poner las fichas de una en una, siempre de izquierda a derecha, porque yo siempre hago los puzzles así. De vez en cuando, me contaba cosas. Me hablaba de sus hermanos, de la natación o de alguna película que había visto. Me di cuenta de que su voz me resultaba muy agradable. Era suave y relajante. Nunca hablaba demasiado alto ni durante demasiado tiempo. Y lo mejor de todo es que no esperaba que yo le respondiera.

De algún modo, siempre sabía cuándo prefería estar sola. Yo no le decía nada, pero lo adivinaba. Le bastaba con mirarme durante unos segundos. Muy pocos, porque nunca se quedaba mirándome fijamente. Eso también me gustaba.

Este hombre, sin embargo, no deja de mirarme fijamente. Y lo odio.
—¿Quieres que te acompañe a casa? ¿O a alguna parte? —me pregunta.
El hombre sonríe de un modo que me pone muy nerviosa. Niego con la cabeza.
—Venga… ¿Por qué no vienes conmigo? Solo un ratito.
No quiero ir a ninguna parte con él. Quiero marcharme de aquí, sola.
Hago memoria de los establecimientos por los que he pasado al recorrer esta calle. Sé que a veinte metros detrás de mí hay una tienda de zapatos y un banco, pero los dos están cerrados. Nueve metros más atrás he visto un bar medio vacío. Aparte de eso, nada. Podría salir corriendo y entrar en ese bar. Solo son veintinueve metros. Podría esconderme en el baño hasta que este hombre se vaya. Puede que incluso me dejen llamar por teléfono a Mamá para que venga a buscarme.
—Vamos a dar un paseo —dice el desconocido mientras me coge el brazo.
Odio que me toquen. Me suelto y salgo corriendo hacia el bar, pero me alcanza en solo ocho metros. Me agarra de las muñecas con fuerza.
—Me estoy cansando, guapita de cara. Vamos.
No puedo llegar al bar. Es más rápido que yo. Me pregunto si me hará caso si le pido que me suelte. Lo intento, pero estoy tan nerviosa que no puedo hablar. Tiemblo.
—¡Vamos! —me grita— ¿No sabes andar?
Me arrastra hacia la calle perpendicular. No sé a dónde me lleva.

V

Recuerdo que un día no apareció hasta la hora de comer. Yo esperaba que viniera a la hora de siempre, y como no lo hizo, no quise comerme el bocadillo de media mañana. La profesora se enfadó y yo tiré el bocadillo al suelo, igual que había hecho con el maletín. Creo que el odio debe ser algo parecido a lo que siento hacia esa profesora.

Cuando por fin llegó él, se sentó a mi lado y cogió una de las piezas del puzzle que yo estaba haciendo para continuar. Yo solté la pieza que tenía en la mano, hice un gran esfuerzo y hablé.
—Llegas tarde —fue lo único que le dije.
Él me miró durante unos segundos. Parecía sorprendido. Después, sonrió.
—Lo siento —respondió—, no volverá a pasar. Te lo prometo.

Esa fue la primera vez que le hablé y la primera vez que le sonreí.

Todo eso parece muy lejano ahora.

El desconocido me está haciendo daño en las muñecas, así que intento gritar. Pero no me sale la voz. Empiezo a gemir y a sollozar. Por lo visto, eso no le gusta.
—No hagas ruido, estúpida —me dice.
Me ha llamado estúpida. Y eso me molesta muchísimo. Tanto, que dejo de gemir y consigo articular una palabra.
—No.
Es lo único que me sale, pero la verdad es que también es lo único que necesito decir. NO. No soy estúpida. No quiero dejar de hacer ruido. No quiero ir con él a ninguna parte. No quiero que me toque. No quiero estar aquí. No.
Él me mira y se ríe.
—¿Qué has dicho? —me pregunta, sin dejar de apretarme las muñecas.
Necesito que me suelte. No puedo soportar que me siga tocando ni un segundo más. Pienso en todas las cosas que podría hacerle. Conozco todas las partes duras y blandas del cuerpo. Sé que, aunque no tenga mucha fuerza, puedo golpearle con la rodilla, con el codo o con la muñeca y eso le dolería. Sé que puedo hacerle mucho daño si le meto los dedos en los ojos o si le doy un codazo en la sien. Pero no puedo usar los brazos porque me tiene sujeta. Así que le doy un rodillazo en los testículos. Es fácil porque mide lo mismo que yo y porque no se lo espera.
El hombre me suelta al instante y se retuerce de dolor. Yo hago todo lo que puedo por volver a hablar.
—¡He… he dicho… NO! —grito.
Le dejo encogido con las manos en los testículos y salgo corriendo.

VI

Recordaba su promesa, por eso me sorprendió tanto que no viniera. El primer día pensé que quizá se había puesto enfermo. Eso no sería culpa suya.
El segundo día supuse que tendría gripe, porque las gripes suelen durar varios días. Así que seguí con las clases, con mis puzzles, mis dibujos y mis libros, y no me salté el bocadillo ni hice nada que pudiese enfadar a la profesora.

Después de cinco días sin verle, empecé a preocuparme. Me acerqué a mi profesora y le pregunté.
—¿Dónde…? —me atasqué, como siempre que hablo con ella— ¿Dónde está?
—Dónde está, ¿quién? —me respondió.
Miré hacia mi mesa y después volví a mirarla a ella.
—¡Ah! No puede venir esta semana. No te preocupes, ya volverá.
Pero a la semana siguiente tampoco vino, y yo pensé que mi profesora me había mentido.

Así que hice algo que sabía que no debía hacer. Activé la alarma de incendios del Centro para poder saltarme las clases. Recordaba exactamente dónde estaba porque me sabía el Centro de memoria, y conocía su funcionamiento. Cuando sonó la sirena, mis compañeros se pusieron muy nerviosos y se levantaron de sus asientos. Algunos gritaron y otros salieron corriendo de clase. Odian los ruidos fuertes. Yo también los odio, pero intenté controlar mis nervios porque tenía algo más importante que hacer. Mamá me ha enseñado a controlar los nervios en lo que ella llama “situaciones límite”. Creo que eso era una situación límite. O al menos, lo era para mí. Cuando la profesora salió a buscar a mis compañeros, yo abrí una ventana de clase y salí al jardín. Lo demás fue muy fácil porque todo el mundo estaba pendiente de la alarma.

Lo difícil ha sido llegar a su barrio. Sabía dónde vivía porque me lo había dicho, pero no sabía cómo llegar. No sabía utilizar el metro ni el autobús. Tuve que preguntar a muchas personas, y me costó muchísimo hablar con ellas. Ahora que he llegado hasta aquí, me pregunto si me habré equivocado en alguna de las indicaciones, o si él no me dijo dónde vivía realmente. Este lugar no me gusta. Ojalá no hubiera venido.

Llego al bar y entro a toda prisa. Hay solo tres personas dentro. Un hombre sentado en una mesa, otro hombre bebiendo cerveza en la barra y el camarero. Me gusta que haya poca gente.

Me acerco al camarero y le hablo jadeando. Se me hace raro pensar en la cantidad de veces que he hablado hoy.
—Yo… —empiezo.
El camarero me mira extrañado y me pone más nerviosa.
—Yo…
—¿Qué quieres?
—Teléfono —consigo pronunciar al final.
Me señala una esquina del bar y me da la espalda.
Me acerco al teléfono y marco el número de Mamá, pero no da señal. El hombre de la mesa me está mirando y se ha dado cuenta.
—Tienes que echar dinero —me dice—. No esperarás que sea gratis.
No tengo dinero. Me gasté mis últimas monedas en el sándwich. Cuelgo el auricular y me dirijo hacia la puerta del bar, pero no salgo. Tengo miedo de volver a encontrarme con ese hombre que me agarró de las muñecas. Me quedo en la puerta, mirando la calle.
—¿Vas a consumir? —me pregunta el camarero.
No entiendo la pregunta. Consumir, ¿qué?
Le miro sin decir nada.
—Joder —murmura—, que si quieres beber algo.
Ah, es eso. Niego con la cabeza.
—Pues entonces tienes que irte. Lo siento.

Salgo a la calle y me quedo al lado del bar. No sé a dónde ir. No quiero volver por dónde he venido porque temo encontrarme con el desconocido. Decido ir por la calle opuesta, caminando despacio y mirando a mi alrededor.

VII

Cuando llevo cinco minutos andando, escucho una voz a mi espalda. Alguien que me llama por mi nombre.

Me doy la vuelta. Es él. Después de un día entero, por fin le he encontrado. O me ha encontrado él a mí.

Llega corriendo y parece asustado.
—¡Estaba muy preocupado! —me dice mientras recorre los últimos metros hasta mí.
Al llegar, me abraza. Eso me pone muy nerviosa, y él se da cuenta. Se aparta enseguida.
—Perdona. Es que llevamos todo el día buscándote. Tu profesora me ha dicho que te has escapado de clase, y tu madre está preocupadísima…
No me está diciendo nada que no sepa. Y necesito preguntarle algo, así que le interrumpo.
—¿Por qué…? —empiezo. Al escucharme hablar, se calla y me mira con tranquilidad. Sin prisa. Eso me ayuda— ¿Por qué no has venido a clase?
Tarda algunos segundos en responder, pero cuando lo hace, sonríe.
—He faltado mucho últimamente, lo sé. Tenía que resolver algunas cosas. Pero la buena noticia es que ya no me voy a ir más —hace una pausa y se pone serio—. ¿Por eso te has escapado de clase, porque no he ido?
Asiento con la cabeza. En realidad, no me he escapado solo porque él no haya ido, sin más. Me he escapado porque llevaba una semana sin ir. No es lo mismo. Pero no importa, porque él ya lo sabe.
Vuelve a sonreírme y me mira fijamente durante unos segundos que se me hacen eternos. No suele mirarme durante tanto tiempo seguido porque sabe que me molesta. Cuando se da cuenta de mi incomodidad, aparta la vista y se pone a mi lado.
—Te acompaño a casa, ¿vale?
Asiento de nuevo. Menos mal.

El camino de vuelta es mucho más fácil de lo que fue el de ida. Cogemos el metro y llegamos a mi barrio en cuarenta y dos minutos. No hablamos durante todo el trayecto. No hace falta. Después de todas las personas con las que he tenido que hablar, de todas las que me han mirado y me han hablado a mí, y sobre todo, después de que aquel desconocido me haya tocado e insultado, me alegro de no tener que decir nada más. Solo quería encontrarle y volver a casa.

Me gusta estar sola. Pero creo que me gusta más estar con él.

 


 

Este es el relato completo con el que me presenté al concurso de relatos de Sttorybox. Tengo pendiente un posible final alternativo que, por supuesto, también compartiré aquí. 

Huelga decir que no gané -¡el listón estaba bien alto!- pero quedé más que contenta con el resultado. Como primera experiencia en un concurso online, me ha aportado muchísimas cosas estupendas de las que ya hablaré con calma en otro post. 

En este enlace podéis ver el fallo del jurado. En pocas palabras, llegué a la final -¡y eso que se presentaron 1326 relatos al concurso!- y encima  pude contar con dos votos del jurado, a solo uno del podio (aunque había más concursantes con dos votos). Estuve muy cerca de conseguirlo, y jamás me habría esperado llegar tan lejos. 

Y aquí tenéis las valoraciones del jurado sobre algunos relatos, entre ellos, Mi único día sola. Tampoco me esperaba contar con críticas tan buenas por parte de profesionales. 

En definitiva, he llegado mucho más lejos de lo que habría pensado, por no hablar de lo que he aprendido. ¡Muy pronto contaré la experiencia con todo detalle en otra entrada!

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3 comentarios en “Mi único día sola (Relato)

  1. Pingback: El otro final de “Mi único día sola” | ESCRITORA DE BOLSILLO

  2. Pingback: Detrás de “Mi único día sola” – ESCRITORA DE BOLSILLO

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