El otro final de “Mi único día sola”

Como ya conté en mi última entrada, “Mi único día” sola es el primer relato con el que me presento a un concurso. Eso implica que he experimentado cosas que no se me habían presentado antes al escribir. Porque normalmente, no escribo relatos, y cuando los escribo, no son para que los lean otras personas. En el caso de “Mi único día sola”, el mayor obstáculo apareció cuando me acercaba al final. Y estoy segura de que es un obstáculo que muchos escritores se encuentran al crear historias. 

La gran pregunta:
¿Escribo el final que tenía pensado, o el final que me pide la historia? 

Porque a veces, esas dos cosas no significan lo mismo. A veces, has concebido una historia de principio a fin que ha nacido así por un motivo. Tienes clara cuál es tu meta e intentas alimentar tu creación en ese sentido, sin dudar. Pero la historia crece sola, a su aire, libremente, y te acaba pidiendo un final que no se parece en nada (o se parece muy poco) al que tenías pensado. ¿Qué haces entonces? ¿Te mantienes fiel a tu primera inspiración o te dejas llevar por la trama? 

No sé cuál es la respuesta correcta. Supongo que depende de cada caso. En “Mi única día sola”, yo elegí mantener el final que tenía pensado desde el principio. Quería una historia realista y sencilla, donde toda la complejidad del argumento estuviese contenida en detalles simples, como la personalidad de la protagonista o su relación con el personaje secundario. Quería que todo lo grande del argumento no estuviese en el argumento en sí, que se leyese entre líneas. Quería un desarrollo muy simple y limpio con un mensaje muy complejo. Quería muchas cosas (que explicaré en otra entrada, porque esta se me queda demasiado larga), pero no las conseguí todas. Para cuando llegué al final, me di cuenta de que la trama me pedía otra cosa. Un final no tan simple y no tan limpio. Y aunque elegí quedarme con la primera idea, he decidido (y otras personas me han ayudado a verlo) que no estaría de más dejar en alguna parte el otro final. El final que me pidió la historia. 

Aquí está ese final. No se parece mucho al primero, así que puede que sorprenda. Puede que no te guste nada, o puede que, de lo contrario, pienses que pega más, que está mejor traído, que la historia lo pide. Me encantaría conocer tu opinión. También es mucho más largo (ese es otro de los motivos por los que me contuve en el concurso), tengo que advertirlo.  

Si quieres releer el resto del relato antes de llegar al nuevo final, haz clic aquí.

La historia empieza a transformarse a partir de la parte VII. Dejo el último párrafo de la parte VI a modo de introducción: 


Salgo a la calle y me quedo al lado del bar. No sé a dónde ir. No quiero volver por donde he venido porque temo encontrarme con el desconocido. Decido ir por la calle opuesta, caminando despacio y mirando a mi alrededor.

VII

Todo pasa muy rápido.

Antes de llegar a la esquina de la calle, noto una mano en mi cabeza y recibo un fuerte golpe en la sien contra la pared del edificio que tengo a mi izquierda.

Me mareo.

Hay alguien gritando, pero no entiendo lo que dice.

Solo pienso en el dolor de cabeza.

Me duele muchísimo.

Me tambaleo y me apoyo en el edificio, intentando mantenerme en pie. Poco a poco, voy distinguiendo lo que dicen los gritos. Los oigo lejos, pero en realidad están justo a mi lado.

—¡PUTA LOCA! ¡AHORA SÍ QUE TE LA HAS BUSCADO! ¡¿QUIÉN COÑO TE HAS CREÍDO QUE ERES?!

Es ese hombre. El desconocido que me tocó y me insultó antes. Está aquí, otra vez. Esto no puede estar pasando.

Quiero pedir ayuda, pero no me sale la voz. Y me sigue doliendo la cabeza. Me duele muchísimo.

El hombre me agarra por los hombros y me arrastra hacia él.

—¡Ahora sí que te vienes conmigo, zorra! Iba a tratarte bien, pero con esos jueguecitos me has tocado las narices.

Está tan cerca que puedo oler su aliento. Me da ganas de vomitar.

—¡QUE CAMINES! ¡No voy a tener tanta paciencia como antes, guarra!

Me coge de la cintura con mucha fuerza y me hace daño. Me arrastra hacia la esquina.

Estoy temblando de miedo y me sigue doliendo muchísimo la cabeza. Quiero gritar y pedir ayuda, pero no me sale la voz. Casi no puedo respirar.

¿Qué hago?

¿Qué hago?

No puedo pensar.

No puedo.

Me duele mucho la cabeza.

Llegamos a una calle estrecha y me empuja contra la pared.

—Qué paradita estás ahora. Ya no te haces la dura, ¿eh? —se ríe— Mucho mejor. Si te portas bien, no te haré daño.

¿Qué significa eso? Ya me ha hecho daño. Me está haciendo daño todo el tiempo. ¿Y qué quiere decir con que me porte bien? No lo entiendo. Solo quiero irme a casa. Tengo mucho miedo.

El hombre se pega a mí y vuelvo a notar su aliento en mi cara. Me aprieta la cintura de nuevo. Odio que me toque. Me da asco y me pone muy nerviosa. Quiero decirle que deje de tocarme y que se aleje, pero estoy paralizada. No puedo dejar de temblar.

Noto su mano en mi muslo y su aliento en mi oreja, y vuelvo a sentir náuseas.

Intenta desabrocharme el pantalón. ¿Por qué hace eso? Que deje de tocarme, por favor.

No puedo más. No lo soporto. Voy a vomitar.

Vomito.

Justo encima de él.

—Pero… —murmura, mirándose la camiseta llena de vómito. Por fin me suelta y se aleja—. Pero, ¡¿qué coño te pasa?! ¡Qué asco, joder! ¡Eres una puta guarra!

He perdido la cuenta de las veces que me ha insultado, y ya no me importa. Todo me da vueltas y necesito irme de aquí. Intento huir, pero aún estoy mareada y me tambaleo.

—¡¿A dónde coño te crees que vas?! —me grita, cogiéndome otra vez de la muñeca.

Por favor, que deje de tocarme ya.

—N-n-no… —consigo articular. Me falta el aire. No creo que pueda hablar más.

El hombre no me suelta, sino que me empuja de nuevo contra la pared con más fuerza que antes. Al chocar de espaldas, vuelvo golpearme en la cabeza, esta vez en la coronilla.

Y vuelvo a vomitar. Ahora, en el suelo.

—¡Joder! —grita él, cada vez más enfadado— ¡¿Estás enferma o qué cojones te pasa?!

Que me da asco. Eso es lo que me pasa. Me da asco su aliento, sus manos y su voz. Si pudiera, se lo diría, pero soy incapaz de hablar. Y lo único que me importa es irme de aquí.

¿Es que no hay nadie que oiga sus gritos? ¿Nadie en toda la calle que pueda ayudarme? No lo entiendo.

Antes de que pueda reaccionar, siento su mano de nuevo. En mi cuello.

—Estoy un poco harto de tus gilipolleces —me dice entre dientes, apretándome el cuello cada vez más.

No puedo respirar.

—Vamos a acabar con esto de una puta vez, y a lo mejor dejo que te vayas. ¿Te enteras?

Me ahogo.

—¿Te has enterado? —me pregunta de nuevo, dejando su cara a solo unos centímetros de la mía. ¿No se da cuenta de que si me está estrangulando, no podré responder?

Vuelve a llevar su otra mano a mi pantalón y lo desabrocha.

Y entonces dejo de pensar.

Es como si lo percibiera todo desde fuera. Mi mano se mueve a toda velocidad, con la palma abierta hacia arriba, y va directamente hacia sus orificios nasales. Golpeo con fuerza la base de su tabique con la parte alta de mi muñeca.

Se oye un “crac”.

Y el hombre se desploma en el suelo. Justo frente a mí.

Me quedo paralizada durante varios segundos, temblando. Intento recuperar el aliento. Me cuesta respirar.

Me dejo caer, apoyada en la fría pared del edificio, y me quedo sentada en el suelo, mirándole.

No se mueve. Tiene los ojos cerrados y la cara llena de sangre.

Me echo a llorar.

Oigo unos pasos acelerados a lo lejos y escucho mi nombre. Pero no puedo moverme para ver quién es.

VIII

Es él.

Por fin.

Después de todo el día buscándole, me ha encontrado él a mí; sentada en el suelo, frente a un hombre inconsciente y manchado de sangre y vómito.

Cuando llega, se pone de rodillas a mi lado y me mira, muy nervioso.

—¿Qué ha pasado? Llevo todo el día buscándote. Dios mío, estás temblando. ¿Estás bien? —me pregunta, preocupado.

No puedo hablar ni mirarle. No consigo apartar la vista del desconocido.

Él sigue la dirección de mi mirada y observa el cuerpo, desconcertado.

—¿Qué ha pasado? —me vuelve a preguntar.

Por algún motivo, esta vez sí consigo hablar. Creo que es porque está él. Siempre me cuesta menos hablar cuando está él.

—He… he sido yo —susurro.

Él me mira, perplejo.

—¿Qué? Pero, ¿cómo? ¿Qué has hecho? —mira a su alrededor— No lo entiendo.

Me gustaría explicárselo, pero no puedo. Sigo temblando y aún me duele la cabeza. Estoy paralizada. No quiero hablar más.

Y afortunadamente, él no me obliga. Intenta deducirlo por sí mismo. Observa al desconocido y me mira de nuevo a mí.

—A ver, él… ¿Te ha hecho algo?

No digo nada, pero le miro. Por toda respuesta, él me repasa con la mirada de arriba abajo hasta toparse con el botón desabrochado de mi pantalón.

Se tensa de repente.

Me mira aterrorizado y se lleva las manos a la boca, resoplando.

—No —murmura—. No, no, no, no. No puede ser. No.

Se revuelve el pelo con nerviosismo y resopla de nuevo.

—¿Estás… bien? —me pregunta. Parece estar realmente asustado.

Tampoco respondo.

Él sigue resoplando y murmurando, muy nervioso. Se incorpora y observa el cuerpo inconsciente. Veo que su cara pasa rápidamente del miedo a la ira. Se le ve muy enfadado. Empieza a caminar de un lado a otro, con nerviosismo.

—Maldito cabrón… —murmura para sí, mientras se saca el móvil del bolsillo y marca algo en la pantalla— Voy a llamar a la policía. Y a una ambulancia. Aunque preferiría dejarle aquí.

Lo siguiente pasa sin que apenas me entere. Viene una ambulancia que se lleva al hombre inconsciente, y dos agentes de policía que nos hacen muchas preguntas. Yo no respondo a ninguna, pero él sí. Habla con ellos en privado y, de algún modo, consigue convencerles de que dejen de preguntarme.

Después se sienta a mi lado y se queda conmigo en silencio durante una hora más.

Hasta que estoy lista para irme.

Me acompaña a casa, y el camino de vuelta es mucho más fácil de lo que fue el de ida. Después de todo lo que ha pasado, creo que esto es lo único que puede ayudarme. Afortunadamente, él no me hace más preguntas ni vuelve a sacar el tema. Se limita a estar conmigo durante todo el trayecto, en silencio. Como siempre. Y eso me hace sentir un poco mejor.

Me gusta estar sola. Pero creo que me gusta más estar con él.

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