Detrás de “Mi único día sola”

Resulta que me he dado cuenta de que cuando publiqué aquí el relato Mi único día sola, aseguré que hablaría en otra entrada de la experiencia del concurso y aún no lo he hecho. ¡Así que ya va siendo hora!

De paso, he decidido profundizar también en todo lo que quise reflejar cuando escribí Mi único día sola. Fue mi primer relato oficial, el primero que presenté al público, así que le di mucha importancia y quise concentrar todo el mensaje posible (otra cosa es que lo consiguiera). Pero primero, vamos a lo prioritario.

Experiencia Sttorybox

Empezaré por contar que el concurso de relatos tuvo lugar en Sttorybox: una web para escritores y creadores de historias que celebra concursos cada poco tiempo, ofrece distintas opciones para crear contenido y tiene acceso, también, a talleres de escritura. Aún no le he sacado todo el partido que podría a la web, pero lo haré.

El concurso era totalmente abierto: podían presentarse todos los relatos posibles hasta cierta fecha, y a partir de ahí se empezaban a eliminar porcentajes por fases. Las fases se pasaban según el número de votos, pero en la fase final, la decisión quedaba en manos del jurado. Los relatos podían tener cualquier temática. El único límite estaba en la extensión de los relatos y en las dos primeras palabras, que debían ser “Nunca había”.

Junto a mi relato, se presentaron en la ronda inicial otros 1325 (¡toma ya!), y al final solo quedamos 25 elegidos por el jurado. A partir de ahí, el jurado votaba y elegía al ganador junto a los 4 finalistas.

Elegí Sttorybox como primera experiencia porque me encantaba la idea de que el relato se publicara por partes, y que solo se pudiera seguir escribiendo si a los lectores les gustaba lo que habían leído hasta el momento. Tuve sentimientos encontrados con la dinámica de los votos al principio, porque había cierta sensación de comercio. Algunos concursantes (y quizá está feo decirlo, pero es así), se limitaban a copiar y pegar el mismo mensaje calcado en TODOS los relatos, pidiendo tu voto a cambio del suyo. Tengo que reconocer que a veces funcionaba, pero no me gustó mucho la idea. Manchaba un poco lo bonito de la experiencia. Era fácil darse cuenta de quién leía el relato antes de votarlo y quién no.

Sin embargo, a medida que avanzó el concurso, la sensación general con respecto a los votos fue cambiando. Al final solo quedaban aquellos que te habían leído todo el rato, y a algunos concursantes incluso los sentías como conocidos. A base de comentar los relatos de unos y otros, de animarnos y seguirnos, se acabó formando una especie de piña. Es curiosa la cercanía que puedes sentir con personas a las que ni si quiera has visto la cara. Eso es algo que echo de menos ahora que apenas tengo tiempo para pasarme por Sttorybox, pero tengo cada nombre grabado en mi memoria para entrar a leerlos con ganas en cuanto pueda.

Por otra parte, tuve la suerte de contar con el apoyo de muchas personas que me leían a través de las redes sociales. Por supuesto, tenía el voto y el ánimo (y los consejos y las críticas, afortunadamente) de las personas en las que siempre confío; pero me sorprendió mucho más el contacto de gente con la que llevo mucho tiempo sin hablar y que, sin embargo, estuvieron ahí, al pie del cañón, leyendo, votando y comentando. Me siento realmente agradecida con todos ellos. Convirtieron la experiencia del relato en algo único.

[Si te ha entrado curiosidad y quieres leer el relato, lo tienes aquí.]

Lo que Ella quería decirnos

Cuando todo terminó y se cerró el concurso, me puse a acribillar a preguntas a las personas más cercanas que habían leído el relato. Quería saber qué habían entendido con esto y aquello, cómo habían interpretado tal cosa y qué habían deducido de nosequé detalle.

El hecho es que yo tenía una idea muy clara de lo que quería reflejar con Mi único día sola. Era mi primera experiencia en un concurso de relatos, estaba un poco nerviosa y no quería limitarme a contar una historia que enganchase o que emocionase (entre otras cosas, porque no sabía si sería capaz). Quería transmitir algo. En realidad, quería transmitir muchas cosas. Me encantó descubrir que algunas fueron perfectamente recibidas, otras no lo fueron en absoluto, y otras lo fueron pero de forma totalmente distinta a como yo tenía pensado.

Sé que la magia está ahí: en que el mensaje se transforme cuando llega al receptor y una sola historia se convierta en muchas historias diferentes. No cambiaría eso por nada. Quiero que quede claro antes de empezar a explicar mi versión. Y digo mi versión, porque es una versión más que se suma a todas las que pueda haber. No es la única, ni la correcta ni la verdadera. Es una más. Quería dejarla en el aire, pero la verdad es que me muero de ganas por contarla. Es una especie de recurso terapéutico: me costó bastante atreverme a presentarme a un concurso y hacer público un relato, así que ahora necesito soltar todo lo que significó.

Además, al terminar con el concurso, muchas personas me dijeron que había preguntas que habían quedado sin respuesta. No estoy segura de si se referían a alguna de estas cuestiones, pero vamos a probar.

El valor de la soledad

Me he dado cuenta de que la soledad está muy infravalorada. “Estar solo” suena triste, vacío, desamparado. Es algo que veo pero no entiendo, porque yo siempre he disfrutado mucho de la soledad. Creo que es una oportunidad para conocerse a uno mismo, para reflexionar o desconectar, para sentirse independiente. Eso no significa que quiera estar siempre sola, porque me encanta la gente. Una cosa no quita la otra. Pero estaba deseando mandar un mensaje que dijera “¡Eh! Que estar solo de vez en cuando no está tan mal. A algunos hasta nos gusta.”

Es bastante evidente que la protagonista de Mi único día sola tiene un trastorno social serio. No quise ponerle nombre porque: 1) Perdería naturalidad que ella, en primera persona y pensando para sí misma, explicase el diagnóstico sin más, y 2) No tengo ni idea de psicología ni psiquiatría, y me la estaría jugando si utilizo términos que se me escapan. Para ser sincera, mientras escribía, yo pensaba en un trastorno como el autismo, pero sé que no he reflejado autismo como tal. Era solo una referencia.

El caso es que ese trastorno enfatizaba en la necesidad de soledad de la protagonista, y eso era lo que yo quería. Es casi lo primero que sabemos de ella: que le gusta estar sola. Y he intentado reflejar eso constantemente, cada vez que alguien se mostraba demasiado cercano, porque quería favorecer todo lo posible el concepto de soledad. Que fuese algo ansiado, algo bonito, algo necesario: estar sola.

Cosas pequeñas, obstáculos grandes

El trastorno social de la protagonista no estaba destinado solo a exaltar la soledad como concepto. Por motivos ajenos a esto, durante los últimos años he aprendido un montón de cosas sobre la ansiedad. La sufre una parte importante de la población y tiene muchísimas manifestaciones diferentes. Pero lo que cualquier persona con ansiedad te podría decir, seguro, es que algunas cosas cotidianas que para la mayoría son muy fáciles, para ella son un infierno. El mundo está lleno de personas, como tú y como yo, que encuentran dificultades enormes en hacer cosas muy pequeñas. Visto desde fuera es raro, incomprensible. Cuesta empatizar cuando no lo has sentido en primera persona. Por eso, en Mi único día sola, quería que se viese desde dentro. No se trata de ansiedad propiamente dicha, sino de un trastorno social, pero tienen algo en común: gestos cotidianos que suponen esfuerzos gigantescos.

Amar no equivale a estar siempre juntos

He encontrado distintas versiones en cuanto a lo que había entre los dos protagonistas. Algunos lo entendieron como una historia de amor, otros como una gran amistad, y alguien incluso me habló de obsesión. No tocaría esas versiones porque, en general, me encanta cómo lo ha percibido la gente. Pero para ser sincera, yo estaba pensando en una historia de amor. Y una vez más, la ansias de soledad jugaban en mi favor.

Llevo bastante tiempo percibiendo que mucha gente de mi alrededor tiene una concepción del amor que a mí no me encaja: el amor romántico, el amor empalagoso, el amor dependiente. No sé si son ideas que se han transmitido por los medios o que nos enseñan a través de la educación, pero desde luego que no se parecen en nada a mi definición de amor. Esa era una de las ideas más importantes, para mí, en Mi único día sola. La protagonista se enamora del único hombre que sabe respetar sus ganas de estar sola. El que respeta su silencio, su espacio, su independencia. Esa persona que puede sentarse a su lado y estar ahí más. Sin decir nada, sin hacer nada, pero sin dejar de estar a su lado.

Para mí, el amor es eso. No es que sea la definición correcta (¡yo qué sé cuál es la definición correcta!) pero lo es para mí, y quería reflejarlo en el relato. Para otras personas, esa idea se acerca más a lo que representa la amistad, lo cual también me encanta. No hay una respuesta única.

“NO” significa “NO”

Un amigo que me conoce muy bien, al leer el final, me comentó que le había sorprendido que en ningún momento de la historia apareciese algún mensaje de reivindicación feminista. Lo cierto es que sí que aparecía. Es el momento en que la protagonista dice “No” a su agresor para que la deje en paz. Intenta decir más, pero la ansiedad del momento (y las particularidades de su trastorno) se lo impiden, y ella rápidamente llega a la conclusión de que con esa palabra debería ser suficiente: No. 

Pensando en violaciones, en acosos, en abusos sexuales y en otras dolorosas consecuencias del machismo, me pareció que en unas líneas se podía reflejar esa idea tan básica: No significa NO. Al contrario de lo que algunos piensan, no hay dobles sentidos, ni mensajes ocultos ni indirectas que valgan cuando se trata de la intimidad de una persona, sea cual sea la situación. Con un NO, debería ser suficiente. Es verdad que la mayoría de las veces no lo es, y de hecho, tampoco lo es en el relato. Pero si fuera así, no sentiría la necesidad de transmitirlo.

Independencia en la supervivencia

Lo admito, el final fue lo que más me costó. Cuando llegó el momento de escribirlo, tenía dos opciones diferentes y ni idea de cuál utilizar. Al final, recurrí a la que había pensado desde el principio y descarté la que la historia me pedía (aunque publiqué ambas: la segunda, de hecho, está aquí).

Pero había una cosa que tenía muy clara: no quería que el protagonista apareciese en el último momento para salvar a la chica. Tenía que llegar, sí, pero cuando todo hubiese terminado o cuando fuese demasiado tarde. Estoy desencantada de los héroes y los príncipes que llegan en el momento oportuno para rescatar a la damisela, así que necesitaba que ocurriese lo contrario. Puede que el patrón del héroe hubiese quedado más bonito, más redondo o más épico, pero estaba dispuesta a restarle calidad al relato si hacía falta.

Además, no lo hice solo por mí, lo hice por ella. Después de todo lo que había conseguido, después de haberse enfrentado a todos sus miedos y de haber superado esos obstáculos tan grandes en cosas tan pequeñas, ¿cómo no iba a confiar en ella para salir del problema por sí misma? Era necesario. Eso sí que me lo pedía la historia.

Para ello, pensé que una vez más, podría aprovechar el carácter del personaje. Aunque no sé si es verdad, siempre he pensado que las personas que padecen trastornos sociales tienen la capacidad para ver el mundo de otra forma, y que a veces, eso les permite percibir cosas que a la mayoría se nos escapan. Es mi propia versión ficticia, por supuesto. De ahí, que la protagonista tuviera la capacidad para calcular el tiempo y el espacio con tanta exactitud, que tuviera tan buena memoria o que fuese capaz de identificar los puntos débiles de su agresor fácilmente.

Lo que no escribí, pero estaba: 

Aparte de todos esos pequeños mensajes que intentaba mandar con Mi único día sola, hay una serie de detalles que oculté a modo de experimento. Quería saber hasta qué punto podía hacer que el lector dedujera aspectos de los personajes que en realidad no estaban implícitos en ningún momento. El resultado fue… regular. La mayoría de las personas no lo percibieron como yo había previsto. Lo sé, tengo que mejorar mis capacidades de insinuación en la escritura.

La edad de la protagonista: No la digo en ningún momento pero hay 3 pistas (“pistas”, cómo me motivo). La primera, que el otro protagonista era dos años mayor que ella. Lo que podemos deducir de ahí es que, siendo voluntario de un centro como ese, no debe tener menos de 18. La segunda pista es bastante imperceptible, que es cuando el camarero le pregunta si va a “consumir”. No hice una referencia directa, pero se puede entender que se refiere a alcohol, y no le preguntaría eso si no tuviera aspecto de ser mayor de edad. La tercera pista está frente al agresor, cuando ella dice, como de pasada, que mide lo mismo que él.

Conclusión que quería transmitir: la protagonista tiene alrededor de 20 años.
Conclusión que percibieron los lectores: la protagonista es una niña de entre 12 y 14 años. Supongo que se debe al lenguaje simple y a veces algo infantil que le puse para reflejar el trastorno social. No se me dio bien esa parte.

Enamoramiento: En ningún momento hablo de amor, pero intentaba que lo pareciera. Creo que la prueba más clara (si es que había alguna clara) era la frase final. “Me gusta estar sola. Pero creo que me gusta más estar con él”. Para mí, a nivel personal, esa frase define el amor a grandes rasgos. Sin embargo, en este caso, me gusta mucho que cada lector haya visto una relación distinta.

Identidad: No me puedo creer que nadie me dijera nada sobre la carencia absoluta de nombres en el relato. Cuando terminé, pensé que no se entenderían la mitad de las acciones por no haberlas identificado en condiciones, y que la gente me preguntaría “Pero aquí, cuando dices Él, ¿te refieres al voluntario o al agresor?”, o me diría cosas como “¡Pero ponles nombre, menudo lío!”. Y con razón.

La verdad es que fue un pequeño reto que me puse. No sabía cómo llamar a la protagonista, y pensé: “Eh, a ver si puedo crear un personaje decente sin darle si quiera un nombre”. Tampoco tienen descripción física ni nada parecido. Todo lo que se puede saber de ellos, se sabe por lo que dicen y lo que piensan. Me gusta pensar que a la hora de la verdad, esas son las cosas importantes que recordamos de la gente. He de decir que a mitad de relato estuve a punto de cambiar de idea, porque es realmente difícil describir ciertas acciones sin valerte de nombres para identificar a quien las hace. Y por eso, estaba medio asustada por cómo se recibiría la idea. Pero sorprendentemente, nadie dijo nada al respecto.

Y hasta aquí, todo lo que quería decir sobre el relato. Vale, esta entrada me ha quedado MUY larga, pero es que de verdad sentía que tenía mucho más que contar sobre Mi único día sola. Supongo que al ser la primera vez, fue una experiencia tan enorme y en tantos sentidos, que no quería despedirme de ella todavía. Con esta entrada, finalmente, cierro esa etapa y me mentalizo para que vengan muchos más relatos en el futuro. Y tomo nota de todo lo que he aprendido, que es mucho, para mejorar. De eso se trataba, ¿no?

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3 comentarios en “Detrás de “Mi único día sola”

  1. ¡Hola Lara, escritora!
    Gracias por el feliz esfuerzo de escribir y compartir las hondas raíces de tu relato.
    Y gracias también por delar el DeLórean de Doc Brown aparcado muy cerca, para viajar al final alternativo.
    He leído los dos.
    Te quiero decir que la crudeza del segundo final se asomaba en el primero. Ella es vulnerable y, a la vez, fuerte. Su fuerza es una tenza de dos cabos: su rica soledad (aplaudo y comparto tu homenaje a la soledad, tal colmo lo explicas) y la escucha de Él, que le “habla” con su silencio y escucha atenta y delicada.
    Me gustan por igual los dos finales, porque los veo como las dos “mitades” del iceberg.
    Yo tiendo a poner imagen a todo lo que leo. Ella viene a mí rubia, con una los rizos muy pronunciados desde los 5 primeros centrímetros de pelo en adelante. Los primeros centrímetros los lleva en armosioso orden. Tiene los ojos muy grandes a fuerza de abrirlos mucho hacia dentro.
    La imaginé de la edad que dices. Me alegro en eso de haber conectado con el corazón del que Ella ha nacido —el tuyo—.
    Más que “definición”, el amor tiene “descripción”, diría yo. A mí me da vida la “descripción que hace San Pablo en 1Cor 13.
    Pero es verdad que se comprende mejor esa descripción cuando lleva fotos adjuntas, es decir, cuando vemos a alguien que ama. Él, el Voluntario, y Ella. Dan y reciben, sufren juntos. Y ese es el mejor terreno para que germine el enamoramiento. Yo creo que muchos, quizá, construyen al revés la cosa. Piensan que el enamoramiento engendra el amor. Yo creo que es el amor el que engendra el verdadero enamoramiento.
    Gracias por participar en el Concurso. Llevamos ya el nuevo en danza.
    Gracias al Certamen te conocí y mi vida salió enriquecida.
    ¡Un abrazo enorme!
    🙂

    1. Me alegro muchísimo de que te hayan gustado ambos finales, porque tenía serias dudas con los dos. Creo que has captado muy bien todo lo que quería reflejar y que no te hacía ninguna falta leer mis explicaciones, la verdad. Pero lo has hecho y has comentado, cosa que te agradezco mucho 🙂
      ¡Me encanta la descripción física que le has dado a la protagonista! Puede que empiece a imaginármela así de ahora en adelante. En cuanto a la descripción/definición del amor, la verdad es que coincido contigo, a pesar de que es un concepto muy subjetivo y personal que cada uno entiende a su manera (y eso forma parte de su encanto, supongo).
      Me pasaré por el nuevo concurso, que aunque esta vez no participe, al menos quiero que contéis con mis votos 😉
      ¡Gracias de nuevo por comentar y formar parte de esto! ¡Un abrazo!

      PD: En respuesta al otro comentario, no te disculpes por las faltas, he visto cómo escribes normalmente y ya sé que si se cuela alguna, es por puro despiste, cosa que nos pasa todos 🙂

  2. Perdona las faltas, Lara. Publiqué sin repasar. ¡Ay!
    Es curioso el repetido error en “centrímetros”. 🙂
    Tal vez el subconsciente me habla de que la cuestión del pelo es “central” en el relato.
    🙂

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