Guía para construir una historia, parte II: Personajes

En la entrega anterior de la Guía Para Construir Una Historia hablábamos de aquellas decisiones básicas que hay que tomar a la hora de crear una trama: la idea de la que partes, el género, el tipo de narrador, el tiempo, el entorno, el tono y la estructura.

Si quieres leer la entrada entera, puedes hacerlo aquí mismo.

Hoy, vamos a centrarnos en una de las partes más importantes y complejas de una historia: los personajes.

Hay relatos que valen lo que valen sus personajes. Pueden tener una trama muy simple o un desarrollo muy común, y triunfar gracias a unos personajes bien construidos. Del mismo modo, hay argumentos muy elaborados que acaban perdiendo calidad porque sus personajes son planos o poco creíbles. Por eso, es fundamental que cuides la construcción de tus personajes, desde el momento en que nacen y durante todo el desarrollo de la historia.

Clasificación

Tenemos diferentes formas de clasificar los tipos de personaje que puede haber en una historia. Por su evolución o su transformación, pueden ser estáticos o dinámicos. Por su caracterización, pueden ser planos (descritos una sola vez a nivel básico) o redondos (que se definen con el transcurso de la trama). También podemos hablar de estereotipos o arquetipos, y de personajes simples o complejos. Todos los criterios son importantes. Sin embargo, yo quiero centrarme en el criterio de clasificación más conocido: su participación en la historia.

Protagonista o personaje principal:

Tu protagonista va a ser el eje de toda la trama. Es el que va a acompañar al lector durante todo el transcurso de la historia; el que va a vivir, a sentir y a afrontar todo lo que has creado para él. Por eso, debes construirlo sin prisa y con mucho cuidado. Un amigo me dijo una vez que para crear bien un protagonista, debes hacerte toda clase de preguntas sobre él –aunque sean irrelevantes y no tengan nada que ver con la trama– y ser capaz de contestarlas con coherencia. Hablamos de preguntas básicas como “¿Bebe?” “¿Se maquilla?” o “¿Cómo le gusta vestir?”, pero también de cosas menos evidentes, del tipo “¿Qué corbata elegiría para el día de su boda?” o “¿Cómo le gusta el café?”. Estas cuestiones, aunque parezcan datos irrelevantes, forman parte de la esencia de tu protagonista. Definen lo que es, del mismo modo que lo hace el color de sus ojos o su forma de hablar. No te preocupes si tardas mucho en elaborar por completo a tu protagonista: es un proceso que requiere mucho trabajo y nada de prisa.

Recuerda, además, que los mejores protagonistas suelen ser los más humanos. El estereotipo de héroe perfecto pasó de moda hace mucho tiempo. Piensa, por ejemplo, en Lara Croft (Tomb Raider). Hace unos años, veíamos a una super-heroína perfecta, capaz de hacer cosas increíbles y con una forma física bastante irreal (dicho sea de paso). Hoy, vemos a Lara mucho más humana y realista, como un personaje que falla, sufre y sigue luchando.

Los protagonistas que enamoran son aquellos que caen, que se equivocan, que tienen miedos y defectos y deben afrontarlos con la historia. Aquellos con los que el lector puede empatizar y sentirse identificado de alguna manera, porque son tan imperfectos como él mismo.

Algunos ejemplos de esto en la literatura son Bilbo y Frodo Bolsón (El Hobbit y El Señor de los Anillos respectivamente). En ambos protagonistas, Tolkien recurrió al mismo mensaje. Nadie esperaba nada de un simple hobbit, y sin embargo, a pesar de todas las dificultades, acaban haciendo grandes cosas.

Secundarios relevantes:

A veces, los secundarios más relevantes acaban gustando al lector más que el propio protagonista. Piensa, por ejemplo, en The Walking Dead (la serie). Rick Grimes es en teoría el protagonista, y es un personaje muy bien construido. Sin embargo, hay secundarios en la serie, como Michonne o Daryl Dixon, que se han ganado a algunos fans más que el propio Rick. Eso se debe a que, a pesar de que en muchos capítulos su participación es menor que la de Rick, se trata de personajes muy auténticos que dejan huella hagan lo que hagan.


Antagonista:

Es el personaje que tiene un objetivo contrario al del protagonista. No tiene que ser necesariamente “malo”. Basta con que suponga un obstáculo para nuestro principal, debido a que sus intereses o acciones chocan.

La historia de la literatura, el cine y el teatro nos ha demostrado que se puede enamorar al público con un antagonista bien creado. Lo vemos en personajes como el Joker (Batman) o Annie Wilkes (Misery) que se han ganado una reputación casi mayor que sus antítesis principales. No te centres en poner al antagonista como enemigo del protagonista: dale una historia, un trasfondo, hazle humano. Aprovecha cualquier oportunidad que tengas para dar información sobre él o hacer que evolucione. Piensa en Lord Voldemort (Harry Potter): al principio solo sabemos que es un mago tenebroso al que todos temen, pero a medida que conoces su pasado, su historia y sus decisiones, el personaje va ganando carisma y se hace fuerte para el lector.

El personaje de Voldemort evolucionó tanto durante la saga que pasó por todas estas fases (y alguna más).

Además, el concepto de antagonista se ha reinventado mil veces. Hemos visto historias en las que el antagonista se convierte prácticamente en el personaje principal, haciendo que se le recuerde más que a los protagonistas (como es el caso de Pennywise en It). También hemos conocido antagonistas que nada tenían de personaje elaborado por su inteligencia o su personalidad, cuyos motivos eran puramente instintivos y sin embargo, encantaron a los espectadores, como los dinosaurios de Jurassic Park.


Secundarios:

¡No te olvides de ellos! Que ese personaje vaya a salir solo en un par de capítulos, no significa que debas quitarle importancia. Trabaja bien cada personalidad por separado, apórtale una historia y conócelo a fondo: aunque no vayas a utilizar toda esa información, es bueno que tu personaje sea auténtico desde el principio, independientemente de si es un protagonista o un secundario.

Además, puede que los lectores se fijen más en los secundarios de lo que piensas. En mi caso, como lectora y espectadora, siempre evito los héroes de las historias y me quedo con el secundario excéntrico que no está hecho para llevar la voz cantante y sin embargo aparece lleno de encanto. En Lost, me quedé con Desmond antes que con Jack. En Harry Potter, mi personaje favorito siempre fue Sirius. No descuides a los lectores que, como yo, se interesan mucho por los secundarios.

¡Resulta que hasta se dan un aire!

 

Consejos generales para construir un personaje

Construye con coherencia: Cuando tengas la idea básica del personaje, asegúrate de que su historia, sus gustos y su personalidad encajan. No tiene sentido que decidas crear un personaje oscuro y traumatizado si su pasado ha sido completamente feliz y tranquilo. Tienes que comprobar que todas sus características juntas tienen sentido y son creíbles, pues el lector debe poder empatizar.

Hazle humano: Como decía antes, el héroe perfecto ya no nos gusta. Queremos sensaciones reales, personajes creíbles que se parezcan a nosotros aunque sea en el más mínimo detalle. Para ello, olvídate del ideal. Haz a tu personaje imperfecto, cuida sus defectos tanto como sus virtudes. Haz que falle, que se caiga mil veces y se vuelva a levantar. Pónselo difícil y emociona al lector a través de los obstáculos del personaje. Un buen ejemplo para esto es Nora Durst de The Leftovers. Gran parte del encanto del personaje nace de su pasado difícil y de sus esfuerzos por salir adelante, aunque esos esfuerzos no siempre den sus frutos. Nora se viene abajo y vuelve a empezar, y toda la humanidad de sus acciones la convierten en un personaje muy interesante.

noradurst

No te escribas a ti mismo: Es fácil crear un personaje que está basado en ti, porque tú te conoces muy bien. Además, tienes la garantía de que el resultado será realista y humano, ya que, evidentemente, tú eres humano y real. Pero a menos que estés escribiendo una autobiografía, es mejor que evites esto. Lo más recomendable es que te acostumbres a crear personajes que no se parezcan a ti, y que salgas de tu zona de confort. Es bueno que alguna vez cojas algún elemento de ti mismo (tu manera de fumar, una fobia que tienes, alguna manía) y la apliques para darle realismo, pero no lo hagas con todo. Recuerda que tú eres tú y el personaje es el personaje.

Elige algo que destaque: Piensa en qué será lo que le caracterizará, lo que le hará destacar. Puede ser algún tipo de excentricidad, un rasgo diferente –ya sea físico o psicológico–, una historia impresionante o una evolución que sorprenda. Su punto fuerte también puede ser algo totalmente humano, que logre una gran empatía, como alguna enfermedad con la que convive o el hecho de que es solo un niño dentro de un entorno de adultos.

Cuida las descripciones: No te limites a describir su físico y su personalidad al principio del relato como si estuvieses haciendo una ficha. Encuentra momentos interesantes para que el lector le conozca, tanto en el ámbito físico (puedes ponerle delante de un espejo en un momento de la historia, o describir una fotografía suya), como en el ámbito psicológico (a través de algún diálogo o en referencia a alguna acción).

Hazle evolucionar: Si la trama es buena, el personaje no debería ser exactamente el mismo cuando empieza y cuando termina. La experiencia tiene que cambiarle, para bien o para mal. Asegúrate de que esa evolución se refleja a lo largo de la trama. Muchos personajes conocidos se han ganado el amor del público precisamente por su evolución. Volviendo al ejemplo de The Walking Dead, pensemos en Carol Peletier. Cuando empezó la serie, Carol era una mujer maltratada y anulada por su marido, que se refugiaba cerca de los miembros fuertes del grupo para protegerse. Hoy, se ha convertido en un personaje lleno de fuerza y carisma, y ha protagonizado algunos de los momentos más importantes de la serie.

CarolplEs la misma persona, te lo prometo. carol

Crea una ficha de personaje: Es una forma de asegurarte de que le conoces bien y lo has construido al completo antes de introducirlo en tu historia. Puedes buscar modelos de fichas de personaje por Internet o crear una por tu cuenta.
Lo más importante que debe contener es:

  • Datos personales: Nombre, sexo, edad, lugar de nacimiento, lugar en el que vive…
  • Descripción física: Tanto los rasgos físicos como la forma de vestir, de peinarse, etc.
  • Descripción psicológica: Forma de pensar, ideología, moral, carácter, mentalidad. Todo lo que corresponde a la personalidad.
  • Deseos, miedos, conflictos y objetivos.
  • Historia: Crea un pasado para tu personaje y haz que encaje con el resto de sus características.
  • Profesión u ocupación principal. Si tiene una rutina diaria, créala.
  • Gustos, aficiones y preferencias de tu personaje.
  • Relación con otros personajes: ¿Qué personas son importantes para él/ella? ¿Por qué?

En www.megustaescribir.com tienes un modelo de ficha que te puede ayudar. También puedes entrar en Literautas y crear la tuya propia. En Internet hay muchísimas plantillas y consejos para formar una ficha de personaje, así que aprovecha.

Los diálogos

Tanto para dar a conocer tus personajes como para avanzar en la trama, los diálogos suelen ser una parte fundamental en cualquier historia. Según el tipo de relato que estés escribiendo y dependiendo de la estructura del mismo, es posible que no haya diálogos o haya muy pocos -por ejemplo, si lo que estás creando está formado por cartas-. Sin embargo, la mayoría de las veces, los diálogos son muy importantes para la historia y además requieren mucho trabajo. Probablemente debería subir una entrada entera dedicada solo a este tema, pero de momento, voy a darte algunos consejos básicos para abordarlo.

Cuida la estructura: Aprende a utilizar correctamente el guion largo o raya (—) en tus diálogos. Recuerda que se utiliza para abrir las intervenciones, y que no las cierra a menos que quieras añadir un dato o una descripción fuera del diálogo. La mejor manera de entender esto es con ejemplos:

  • —Ya es suficiente —dijo ella. 
    Aquí, el guion se utiliza dos veces porque hemos añadido el “dijo”. De lo contrario, solo existiría un guion. Además, no olvides que si vas a poner algún signo de puntuación en el diálogo, debes esperar a que este continúe. Así:
  • —Ya es suficiente —dijo ella—. Me voy.
    Como ves, el punto que cierra la frase “Ya es suficiente”, se pone después de la interrupción. Si se tratase de una coma, el uso sería el mismo.
  • —Ya es suficiente.
    En este caso, si no quieres añadir el ‘dijo’ ni nada parecido, puedes cerrar la frase con un punto sin necesidad de un segundo guion.

Por supuesto, estos consejos de estructura son para novela o relato. En el caso del cine y el teatro, la elaboración de los diálogos es totalmente diferente.

Úsalo para dar a conocer al personaje: Al igual que su peinado, sus gustos o su manera de andar, la forma de expresarse caracteriza a un personaje. Utiliza el diálogo como una vía para transmitir su personalidad al lector. Puedes elegir expresiones recurrentes que tu personaje diga mucho, o ponerle acento. Recuerda que cuanto más realista sea, más calidad tendrá.

Haz que el diálogo sea útil: Evita, en la medida de lo posible, diálogos superfluos o prescindibles que no aportan nada a la historia. Intenta que la trama siga avanzando a través del diálogo, o que, al menos, aporte algo a la evolución de los personajes: una manera de conocerlos mejor, o una forma divertida de quitarle tensión a algún momento de la historia. El caso es que, de un modo u otro, el diálogo resulte útil para el lector.

Ten en cuenta el entorno y las características: Si vas a escribir una novela ambientada en el siglo XIX, no puedes poner a los personajes a hablar como hablarías tú con tus amigos. Tienes que respetar la época en la que se encuentran, así como el lugar y el ambiente. Lo mismo pasa si hablamos de las características de los personajes. Un anciano y un niño no suelen hablar exactamente igual, y probablemente, tampoco lo harán una persona de la alta nobleza y un ciudadano de a pie. Conoce a tus personajes y hazles hablar en consecuencia.

No abuses de las interrupciones: A menos que el diálogo tenga una carga emocional o psicológica que requiera mucha explicación, intenta que sea dinámico. Usa las interrupciones para los ‘dijo’ y similares solo cuando sea estrictamente necesario.

Dijo él, dijo ella, dijimos todos: Y ya que hablamos del tema, ojo con abusar del verbo decir. Es la fórmula más recurrente para describir los diálogos, pero puede volverse muy repetitiva. La opción más rápida es que elijas sinónimos o verbos que puedan usarse en el mismo diálogo: comentar, espetar, reponer, sentenciar, murmurar, alegar, añadir, responder

Sin embargo, quizá sea más útil para ti saber que no siempre hace falta poner “dijo” ni ningún verbo parecido. El lector es intuitivo y puede seguir el diálogo fácilmente. Utiliza estos verbos solo cuando sea estrictamente necesario, es decir: para entender quién está hablando en ese momento (en el caso de que intervengan muchas personas en la conversación) o para añadir alguna característica nueva al diálogo, como por ejemplo: “murmuró con tono triste”.

Ante todo, realismo: No incluyas nada que pudiese sonar antinatural en la vida real o en el entorno en el que has ambientado tu historia, y tampoco fuerces los diálogos para añadir información que no viene a cuento. El diálogo tiene que ser realista, envolver al lector para que se sienta parte del mismo. Cuida mucho este detalle, porque será lo que marque la diferencia en la calidad de tus diálogos.


Lo sé, ha sido largo. ¡Te dije que era un tema complejo!

La buena noticia es que con esto ya tienes una guía básica para crear a tus personajes. La semana que viene terminamos con la tercera parte: el argumento.

¡Hasta entonces, no dudes en seguir comentando y aportando cualquier cosa que me haya podido saltar!

 

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2 comentarios sobre “Guía para construir una historia, parte II: Personajes

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