La brújula (Relato)

brujula

El náufrago observa el horizonte, como cada mañana, desde la única playa de esa isla plagada de rocas. Siempre se sienta en la misma orilla para ver el amanecer, mientras juguetea con su pequeña brújula, abriendo y cerrando la tapa de madera ya desgastada por el agua del mar. Como siempre, el náufrago tiene la esperanza de que el horizonte le diga algo. De que le traiga un barco, una buena noticia, un simple mensaje dentro de una botella. Desesperado por recibir una señal, algunos días se imagina que el horizonte habla con él a través de las nubes. Pero lo cierto es que el horizonte nunca le dice nada, así que tiene toda la mañana para pensar.

El náufrago sabe que no hay nada en esa isla. Lo ha comprobado muchas veces. Y por eso, el náufrago sabe, también, que la brújula que lleva siempre consigo no tiene mucha utilidad. De poco sirve saber dónde está el Norte en un lugar en el que, vayas donde vayas, estás en ninguna parte. Pero el náufrago no puede soltar la brújula. Es lo único que llevaba encima cuando las olas arrastraron su bote hasta la orilla, ese día sin horizonte en el que las nubes y el agua se mezclaban en una tormenta y era imposible saber dónde acababa el mar y dónde empezaba el cielo. La brújula es lo único que conserva de la vida que conoció antes de llegar aquí; cuando todavía era marinero, cuando tenía nombre y apellidos, cuando era más que un náufrago. La brújula es su única prueba tangible de que había algo antes de esa isla, de esa playa y de ese horizonte.

Así que se lleva su brújula a todas partes. Es lo primero que ve cuando se levanta y lo último que ve cuando se acuesta. La lleva en el bolsillo cuando pesca y la sostiene entre las manos siempre que puede. Se queda mirándola durante horas. A veces, siente como si pudiera hablar con esa brújula, como si la aguja intentase decirle algo más que una dirección. Pero al igual que el horizonte, la brújula nunca le dice nada en realidad. Es la desesperación del náufrago la que habla todo el rato.

Cuando el sol ya ha dejado de tocar el agua e ilumina todo el cielo desde las alturas, el náufrago decide ponerse en acción. Se levanta, guarda su brújula en el bolsillo de su pantalón con mucho cuidado y camina mar adentro en busca de su desayuno. Entre las rocas que parecen enmarcar el horizonte, a los lados de la playa, hay toda una colección de recovecos que sirven de hogar para los crustáceos.

Poco después de empezar la búsqueda, el náufrago avista un cangrejo enorme en lo alto de una de las rocas. Es el más grande que ha visto hasta la fecha, así que empieza a trepar para alcanzarlo. Pero la roca está empapada y la agilidad del náufrago ya no es lo que era, por lo que enseguida da un mal paso, resbala y cae al agua desde lo alto de la roca. La zona es lo bastante profunda como para que el agua amortigüe su caída, pero le lleva un rato volver a encaramarse a la roca sin resbalarse. Y cuando por fin lo consigue, algo ha cambiado. El náufrago lo nota. Se lleva la mano al bolsillo y el pulso se le dispara. La brújula no está. Ha salido de su pantalón cuando estaba en el agua.

Aterrorizado, el náufrago se tira de nuevo al agua y empieza a bucear, intentando distinguir la madera desgastada de la brújula entre las profundidades. Desea más que nunca que la brújula le hable, que le diga algo de verdad, que grite para dar una señal de su paradero. Pero el mar está revuelto esta mañana, y es evidente que la corriente se ha llevado la pequeña brújula. El náufrago vuelve a la roca y observa la superficie del agua con ojos llorosos, conmocionado.

Tan conmocionado que no se da cuenta de que en ese momento, el horizonte le habla por primera vez para traerle buenas noticias.

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