Tres cartas para Rebeca (Relato)

cartas

Querida Rebeca:

Hoy he llegado al pueblo de mi infancia, ese lugar del que tantas veces te he hablado. Y te encantará saber que por la casa de mis abuelos no parece haber pasado el tiempo. La misma huerta, la misma entrada, el mismo largo pasillo de punta a punta, las mismas habitaciones.

Aunque sin duda, lo más bonito de esta casa siempre fue la galería: una enorme estancia al final del pasillo, hecha toda ella de ventanas, sin una sola cortina u objeto que impida el paso de la luz. De día, el sol entra a través de los cristales e invade el lugar, iluminando cada rincón y calentando la madera del suelo. Te pongas donde te pongas, desde cualquier rincón de la galería puedes verlo todo. A un lado, la huerta, al otro lado, el pueblo, y al frente, ese enorme prado lleno de vacas, siempre pastando tranquilas, tan quietas que si no fuera por el movimiento de sus colas espantando las moscas, me parecería que en vez de una ventana estoy mirando un cuadro.

Es curioso como a pesar de toda la luz, en este lugar siempre ha hecho frío. Es el sello del Norte, supongo. Da igual que el sol traspase los cristales, te despeje cada mañana y caliente la madera bajo tus pies. El calor nunca llega a templarte por dentro. Pero es una sensación que me encanta, Rebeca. Ojalá estuvieras aquí para sentirla.


Querida Rebeca:

Hoy he salido del pueblo caminando y he visto algo increíble. Paseando por el prado que hay a las afueras, he encontrado un bosque en el que no había reparado nunca. Y creo que es el lugar más bonito en el que he estado. No te lo imaginas, Rebeca.

Los árboles son tan altos y tan frondosos que a duras penas entra la luz del sol, y sin embargo, todo allí dentro se ve a la perfección, como si la vegetación tuviese luz propia. Se escuchan sonidos de animales por todas partes, aunque es imposible saber exactamente de dónde vienen. Vayas a donde vayas, el bosque está vivo. Toda la zona huele a lluvia y a abeto, a corteza fresca y a césped mojado.

Y lo más sorprendente es que no hay una sola señal de civilización allí: ni un sendero, ni una valla, ni un solo cartel. Todo parece nuevo y virgen. Ni siquiera me he atrevido a coger moras para llevármelas a casa, y eso que tenían una pinta estupenda. Pero siento que habría adulterado la esencia de ese lugar si me hubiese llevado algo.

Mañana vuelvo a casa, Rebeca. Me da pena dejar este pueblo y ese bosque, pero estoy deseando volver a verte.


Querida Rebeca:

Algo va mal. Esta tarde salí del pueblo en mitad de una tormenta y me perdí con el coche. Voy a pasar la noche en un pequeño hostal que he encontrado en el camino, y creo que he cometido un grave error.

Este lugar no es normal, Rebeca. Si no fuera por el hombre que me ha atendido, pensaría que el hostal está abandonado. No hay ningún otro huésped aquí. La mayoría de las luces no funcionan y tengo que escribirte esto a la luz de una vela. Ni siquiera sé si seré capaz de hacerte llegar esta carta. Pero necesitaba hablar con alguien, Rebeca. Este lugar está vacío, y sin embargo, siento como si me estuvieran observando. La madera cruje sin que nadie camine sobre ella y las puertas chirrían sin que nadie las abra. Hace muchísimo frío. Es aterrador. Pero no puedo salir ahí fuera con la tormenta que está cayendo y sin saber dónde estoy. Necesito esperar a que se haga de día para seguir. Por favor, que se haga de día ya. Dudo que pueda conciliar el sueño en esta habitación helada. Solo tiene una cama vieja y un pequeño escritorio. Y esos ruidos que suenan por todas partes. Como si alguien caminase por la habitación, de aquí para allá, todo el rato. Como si algo invisible trepase por las paredes. Pero no hay nadie aquí, Rebeca.

Solo estoy yo, escribiéndote esta carta.

Es imposible que haya alguien más.

Es imposible.

¿Verdad?

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