Madre (Relato)

Creo que no estoy hecha para ser madre. El mundo entero me convenció de lo contrario, pero el mundo entero se equivocaba. No hubo ningún instinto que me ayudase a hacer las cosas bien, ningún impulso natural que me convirtiese en una super mujer para mi hija. Lo hice mal, muy mal, y ella se fue de casa con 18 años, una maleta hecha con prisa y un hombre que no la merecía. Llegué a pensar que no volvería a verla nunca, y odio admitir que una parte de mí habría preferido que fuera así. Quizá era lo mejor para las dos. Pero ahora está ahí, al otro lado de la puerta, tan solo dos años después. No sé por qué ha venido, pero ha venido.

Me cuesta reunir el valor para abrir la puerta, y dedico unos segundos a mentalizarme para cualquier cosa que pueda pasar. Pero cuando por fin la abro, me doy cuenta de que nada en el mundo habría podido prepararme para algo así. Ahí está ella, temblorosa, blanca como un fantasma, con el pelo revuelto y unas ojeras que parecen moratones. Entre sus piernas puedo ver lo que sin duda es un reguero de sangre que asoma por debajo del vestido y llega hasta su tobillo.

—Por favor, llévame al hospital.

No hay tiempo para preguntas, aunque se me ocurren muchísimas que quiero hacerle. Cojo la chaqueta y el bolso y la ayudo a bajar las escaleras a toda prisa. Sobre los escalones vamos dejando un rastro de gotas rojas. Hay un taxi esperando en la puerta, el mismo que ella ha usado para llegar hasta aquí. No entiendo por qué ha venido a verme en vez de ir directamente al hospital, y aunque sé que hay mil preguntas más importantes, por alguna razón esa es la primera que le hago.

—No quiero ir sola. No puedo ir sola —me responde jadeando mientras se mete en el taxi—. Tengo mucho miedo.

La siguiente duda que me viene a la cabeza es por qué no ha venido él, pero esta vez soy capaz de callarme y priorizar. El sentido común me dice que hay otras cuestiones que requieren mi atención primero, aunque me temo que ya sé la respuesta a todas ellas. No parece haber ganado ni un kilo, pero se sostiene el vientre con las manos como si intentase retener algo en su interior.

—Estás embarazada —le digo. Quería preguntarlo pero me ha salido como una afirmación.

Ella asiente con la cabeza. Me dice que ha pasado toda la noche con dolores y que ha empezado a sangrar hace una hora. Está de dos meses. Vuelve a murmurar que tiene mucho miedo.

Llegamos al hospital en cuestión de minutos y salimos del taxi. Una pareja de enfermeros aparece con una silla de ruedas y se la llevan a toda velocidad.

Quiero hacer algo. Responder a las preguntas del médico, o cogerle la mano a ella. Pero estoy paralizada. Todas las preguntas las responde ella y sus manos se mantienen firmes sobre el vientre. Me digo a mí misma que si fuera una buena madre, sabría reaccionar mejor ante esta situación. Y después me digo a mí misma que si fuera una buena madre, esta situación ni siquiera estaría ocurriendo.

Le hacen una prueba, y después otra y después una más. Pasa una hora que se me hace eterna, y entonces nos dicen que a pesar de la hemorragia, todo está bien. Las palabras del médico son “El embarazo evoluciona favorablemente”, y a mí lo de favorablemente me suena como de otro planeta.

Me siento al lado de su camilla y le pido que me lo cuente todo. Ella se echa a llorar y habla sin mirarme a los ojos. Me cuenta que él se marchó en cuanto supo lo del embarazo. Lo hizo en mitad de la noche, sin dejar ni una nota. No me sorprende, pero me enfada. Me cuenta también que dentro de dos semanas le vence el alquiler y que no tiene a dónde ir. Yo le digo que se quedará conmigo el tiempo que haga falta, y sé que no soy mejor madre por eso. ¿Qué otra cosa voy a hacer?

También le digo que la ayudaré con el bebé, que todo saldrá bien. Entonces ella llora más, y las siguientes palabras le salen a trompicones, como si se ahogara con cada una de ellas.

—Es que… ni siquiera… ni siquiera sé si quiero ser madre.

Se lleva las manos a la cara y las empapa en lágrimas. Quiero cogérselas pero no me atrevo. Quiero consolarla pero me parece imposible. Vuelvo a murmurar que todo saldrá bien, pero ella no puede oírme con el sonido de sus sollozos. Y creo que es mejor así.

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