El primer viaje (Relato)

vagon.jpg

Marcos tiene 7 años y hoy viaja en tren por primera vez. Agarrando con fuerza una carpeta desgastada y un gran estuche, se sube al vagón acompañado por su madre. El muchacho tiene los hombros tensos y mira fijamente al suelo, con la cabeza agachada y los labios apretados. Cuando su madre localiza dos asientos libres, él se sienta en el que está más cerca del pasillo, sin decir una palabra. Al sentarse, deja su vieja carpeta y su estuche sobre la mesa con mucho cuidado, pero no los utiliza. Continúa mirando al suelo durante un largo rato, abstraído y muy quieto, sin más movimiento que el de sus dedos diminutos enredándose entre sí. Su madre le mira pero no dice nada.

El tren se pone en marcha. Marcos se sobresalta con el traqueteo de los vagones sobre las vías y emite un gemido nervioso. Los pasajeros de los asientos cercanos le miran, extrañados. La madre, todavía sin hablar, abre la carpeta y el estuche y pone sobre la mesa un par de folios en blanco y varios lápices de colores. El chico parece repentinamente interesado en su material y enseguida agarra uno de los lápices y empieza a trazar líneas sobre el folio. Una línea azul, una línea verde, una línea morada, una línea roja.

Durante una hora, no hace otra cosa que dibujar líneas de colores.
—Qué dibujo más bonito —se escucha la voz de una pasajera que está sentada un par de filas por detrás. El niño parece no haber oído nada; sigue dibujando su patrón de líneas, concentrado—. Digo que ese dibujo es muy bonito —insiste la señora, y como sigue sin obtener respuesta, levanta un poco la voz—. ¡Eh! ¡Chico! —Marcos da un respingo, deja de dibujar y agarra con fuerza el lápiz amarillo que estaba utilizando. No se gira hacia ella—. ¡Muchacho! ¿No me oyes? —dice la mujer.
El pequeño parece sentirse incómodo. Sus dedos se han puesto blancos alrededor del lápiz y todo su cuerpo se ha quedado como paralizado, en tensión. La señora se muestra dispuesta a seguir insistiendo, pero la madre de Marcos interviene.
—Disculpe —le dice a la pasajera, levantando un poco la voz mientras se gira por encima del asiento—. La ha oído perfectamente, pero no quiere hablar.
La señora, ruborizada, se encoge en el asiento y no dice ni una palabra más. Marcos tarda un buen rato en volver a ponerse a dibujar. Con una mano, sigue sujetando con fuerza el lápiz amarillo. Con la otra, se retuerce el lóbulo de la oreja distraídamente, sin levantar la vista del suelo. Hace mucho ruido al respirar. Ahora son todos los pasajeros del vagón los que se han quedado mirándolo, pero él no se da cuenta. Cuando el tren para en una estación, Marcos decide por fin volver a sus dibujos. Coge otro folio y esta vez empieza a colorearlo de lado a lado, sin dejar ni un hueco en blanco. Así permanece otras dos horas, y no recibe más interrupciones.

Al llegar al final del trayecto, el tren se detiene de nuevo y la madre de Marcos comienza a recoger el material del muchacho. Él vuelve a agarrarse el lóbulo de la oreja y se queda mirando al suelo. Cuando ya está todo guardado, su madre se inclina sobre él muy despacio.
—Lo has conseguido, cielo. Lo has hecho muy bien. ¿Me das la mano? —le susurra mientras le ofrece la palma con delicadeza.
Marcos no dice nada y sigue mirando al suelo, pero al cabo de unos segundos, levanta una mano diminuta y temblorosa y la coloca sobre la de su madre. Ella sonríe, ambos se levantan, e ignorando las miradas de todos, abandonan el vagón cogidos de la mano.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s