El chelo de Alicia (Relato)

cello

Alicia toca el chelo todas las mañanas. Lo sé porque ese es el sonido que me despierta cada día desde hace cuatro meses. Justo desde que me despidieron del trabajo.

La primera vez que lo oí estaba tumbada en mi cama, mirando al techo. Recuerdo que ese día, el día después de mi despido, amanecí haciéndome mil preguntas. Y recuerdo también que el sonido del chelo que llegaba desde el apartamento de Alicia parecía darme respuesta a todas ellas.

“¿Cómo voy a encontrar otro trabajo?”, y el chelo respondía con su sonido grave y limpio. “¿Cómo voy a pagar el alquiler?”, y el chelo me daba la solución con un crescendo. “¿Cómo se lo voy a decir a mi casera?”. Y el chelo me mecía con su música.

Desde entonces, me levanto cada mañana en cuanto la música me despierta, me pongo mi ropa de trabajo y me voy al parque. Siempre al mismo parque, siempre en el mismo banco. Hasta el momento en que se supone que tendría que volver del trabajo, para que la casera me vea entrar en mi piso a la hora de siempre. Para que no sepa nada.

Esta es la primera vez que veo el chelo de Alicia. Aunque en realidad no lo estoy viendo, porque está dentro de su funda. Una funda negra y con ruedas. Alicia lo lleva a rastras a través del parque. Nunca la había visto en este parque a esta hora. De hecho, creo que nunca la había visto fuera de nuestro edificio.

Me quedo observando cómo arrastra el chelo a trompicones. Tira de él con una mano mientras con la otra sujeta un montón de papeles arrugados. Tengo la tentación de levantarme y ayudarla, pero no me atrevo. Puede que ni siquiera me reconozca. Seguramente ni se acuerda de que soy su vecina.

El móvil de Alicia empieza a sonar y ella trata de cogerlo con la misma mano con la que sujeta los papeles, sin dejar de arrastrar el chelo. Pero en su lucha por no soltar nada, lo acaba soltando todo. La funda del chelo se le resbala y el instrumento cae al suelo haciendo mucho ruido. Alicia se queda mirándolo unos segundos, y entonces, ella también cae. Se desploma de rodillas junto al chelo, como rendida, soltando los papeles arrugados. Y se echa a llorar. Sin más. Llora sobre la funda del instrumento mientras los papeles caen desperdigados a su alrededor a cámara lenta, como si bailaran. Llora mientras el móvil suena.

Y sigue llorando cuando por fin lo coge.

—¿Sí? Sí —una pausa—. No. No me han cogido. Te he dicho que no me han cogido —otra pausa—. Pues no sé. Lo he hecho mal.

No sé qué le están diciendo al otro lado del teléfono, pero hace que llore más. Siento ganas de arrancárselo de las manos y lanzarlo muy lejos.

—Lo he hecho mal, sí. ¿Qué quieres que te diga? Lo he hecho mal y ya está.

Quiero acercarme. ¿Sería raro que me acercara ahora? Quiero arrodillarme a su lado, sobre el chelo. Entre todos esos papeles.

—Déjalo, ya hablaremos más tarde. Ahora no puedo. Que no. Déjalo, en serio. Estoy bien. Sí, un beso. Adiós.

Cuelga. Y sigue llorando.

Cuando llego a casa, varias horas después, sigo pensando en Alicia. Y en el chelo. Y en el móvil. Y en los papeles desperdigados. Pero sobre todo en Alicia. Y en el chelo.

Quizá es por eso que cuando veo a la casera frente a mi puerta, tardo unos segundos en ser consciente de lo que está pasando. Y cuando ella empieza a hablar, me cuesta mantener la atención. Lo que dice me llega a trozos, como en una conversación de teléfono en la que falla la cobertura todo el rato. Ni siquiera me esfuerzo por escuchar con más atención, porque sigo pensando en Alicia. Y en el chelo.

Oigo algo de que debo demasiados meses de alquiler, nada que no sepa.

Y pienso en la forma en que Alicia se dejó caer de rodillas.

Algo de que me ha visto en el parque. ¿Me ha visto en el parque? Eso no lo sabía.

Pienso en la forma en que los papeles bailaban alrededor de Alicia, a cámara lenta.

Dice algo de mi trabajo. Supongo que sabe lo de mi despido.

Pienso en cómo Alicia lloraba.

La última frase de mi casera me llega con toda claridad. Sin problemas de cobertura.

—Haz las maletas. Mañana te quiero fuera de aquí.

Me quedo en el rellano mientras ella baja las escaleras hasta su piso y cierra de un portazo. Y después me quedo un rato más. De pie. Muy quieta.

Hasta que el chelo empieza a sonar.

Es raro que suene porque Alicia nunca toca a esta hora. Pero sí, está sonando. Suena suave, y grave, y perfecto. Suena por toda la escalera. Y yo me dejo caer de rodillas sobre el rellano y me quedo ahí, en silencio. Escuchando cómo suena el chelo de Alicia.

 

 

 

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