Cuando la luna de Ananta se apaga

           Mía está pisando el suelo de Ananta por primera vez. Cierra los ojos, tratando de captar los nuevos olores, de sentir el nuevo aire y de palpar la nueva tierra bajo sus pies. Y los abre enseguida, desconcertada. Nada de lo que huele, siente o palpa hace que se sienta lejos de la Tierra. Sobre su cabeza, en lo alto, un enorme cartel iluminado reza en letras blancas:

Bienvenidos a la Gran Feria de Ananta.
Llevamos diez años convirtiendo cualquier planeta en tu hogar.

            Detrás del cartel se extiende la feria. El aniversario del descubrimiento de Ananta se celebra con atracciones plateadas, montañas rusas que se pierden en el cielo, restaurantes que inundan el lugar con penetrantes olores terrestres y música sonando a todo volumen desde cientos de altavoces.

            Mía empieza a caminar entre los puestos de la feria, mirando con decepción las tiendas de camisetas de algodón y las máquinas de Coca Cola. Desde uno de los puestos le llega la voz de un hombre.

            —¡Eh! ¡Guapa! ¿Tienes hambre?

            Mía se vuelve hacia él. El hombre la mira desde un pequeño puesto de metal y tela. Sobre el mostrador hay una hilera de salchichas recién hechas y panecillos cortados por la mitad.

            —Son… perritos calientes —comenta ella, más para sí misma que para el tendero.

            —¡Perritos calientes de Ananta! —responde él.

            Mía levanta las cejas.

            —¿Están hechos con carne de aquí?

            El hombre se ríe sonoramente.

            —Es tu primera vez. ¿Verdad, guapa?

            Ella no responde. Se queda mirando la plancha encendida, aún humeante, que hay en la parte de atrás del puesto. El tendero sigue hablando.

            —No hay nada vivo en Ananta. Son perritos de la Tierra. ¡Preparados aquí! —exclama.

            Mía continúa mirando la plancha encendida durante unos instantes. Después, se despide del hombre amablemente y deshace lo andando hacia el cartel de entrada de la feria.

            Al lado del gran cartel hay un puesto de información atendido por una mujer rubia. Lleva el mismo uniforme que la mayoría de los trabajadores de la feria. Polo verde y pantalones negros. Mía se dirige a ella.

            —Disculpe, ¿cuándo sale el próximo vuelo de vuelta?

            La mujer sonríe mucho.

            —Pero si acabas de llegar, corazón.

            —¿Cada cuánto salen?

            Ella se vuelve hacia su ordenador y teclea algo rápidamente.

            —Lo siento, cielo. Hasta dentro de tres horas no habrá viaje de regreso. ¿Por qué no te das una vuelta por la feria? Tenemos una atracción nueva: la Space Fantasy. La montaña rusa más alta del universo. Garantizado.

            Mía ha dejado de escuchar. Su mirada se ha perdido en el horizonte vacío que se abre en el lado opuesto de la feria.

            —¿Qué hay allí?

            —Absolutamente nada —responde la mujer, sonriendo—. ¿Quieres un pase exprés para saltarte las colas de las atracciones?

            —No, gracias.

            Mía se aleja del puesto de información, de la feria y de su gran cartel iluminado. Camina hacia esa nada seca y silenciosa, y lo hace despacio, recreándose en cómo se va perdiendo en la distancia el sonido de la música, el olor de la comida y las luces de la feria. Camina hasta que no escucha nada, ni huele nada, ni ve nada más que el horizonte vacío que la rodea. En Ananta no hay tan siquiera un poco de aire que la despeine.

            Después de una hora de recorrido, Mía empieza a preocuparse por perder el vuelo de regreso. Está a punto de dar media vuelta y volver sobre sus pasos cuando la ve. La línea gris en el horizonte. El Océano de Plata de Ananta. Un líquido grisáceo que baña el 80% del planeta y no tiene ninguna utilidad para el ser humano. No se puede beber, no se puede usar de combustible, no sirve para limpiar ni para hacer crecer la vida. Pero está ahí, al frente, separando el suelo de Ananta del resto del universo.

            Así que Mía se dirige hacia allí, y entonces nota que todo empieza a cambiar de color a su alrededor, poco a poco. Levanta la vista, y sobre el océano, en el cielo, ve por primera vez la luna de Ananta. La única que tiene el planeta. Es una luna blanca y pequeña, y parece brillar con su propia luz. Como si estuviera encendida. Mía se pregunta si alguien se ha parado a mirar la luna de Ananta antes que ella. Si alguien más sabe que es blanca y pequeña, y que brilla como el sol a pesar de ser una luna.

            La luz sigue cambiando y Mía se da cuenta de que la luna se mueve. Baja hacia el Océano de Plata. Se está poniendo, como se pone el sol en la Tierra, y todo está cambiando de color. Se está haciendo de noche en Ananta. Y para sorpresa de Mía, la noche de allí no es negra, sino azul. Toda azul.

            Mía piensa que la luna se va a esconder tras el horizonte, que se difuminará su luz en el cielo y la perderá de vista cuando pase a alumbrar la otra cara de Ananta. Pero no es así. En vez de eso, la luna alcanza el océano, lo toca, se baña en él. Su superficie brillante se moja en el líquido gris, y entonces, la luna se apaga. Como si el líquido hubiera extinguido su fuego. Deja de brillar y se sumerge, hasta que desaparece entre las profundidades.

            Mía se ha quedado quieta mirando la superficie lisa y el cielo vacío, preguntándose de nuevo si alguien más lo sabe. Si alguien sabe que cuando la luna de Ananta se apaga, es porque se oculta entre las aguas grises del océano.

            A su alrededor, todo se ha vuelto azul. Se ha quedado a oscuras.

            Ella se sienta en el suelo y sigue mirando hacia el horizonte. No sabe cuántas horas quedan para el amanecer, pero esperará. Quiere ver cómo la luna resurge de nuevo entre el océano. Quiere ver cómo se enciende la luna de Ananta.

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