Un texto para días bonitos como el 8 de marzo

Hay algo jodidamente bonito en estos días. Una especie de orgullo sutil, una complicidad, una sensación de poderlo todo.

Te cruzas con otra mujer y te preguntas si en unas horas estará pisando tu mismo suelo, gritando tus mismas consignas, luciendo tu mismo violeta. Te dices que sí, que seguro que sí, y te sonríes. Te dices también que quizá ella haya pensado lo mismo y se haya sonreído, y de repente es como si os conocierais de toda la vida, como si el mundo os hubiese traído a este momento para compartir algo tan grande y tan loco como una causa justa.

Y es que hace un año éramos muchas, éramos muchísimas. Hicimos nuestro el suelo de las calles, el grito de las consignas y el color violeta. Lo llenamos todo, estábamos en todo el tiempo y en todo el espacio, éramos gigantescas. No estamos acostumbradas, nosotras, a eso de ser gigantescas.

Pero eso está cambiando.

Este año seremos muchas, seremos muchísimas. Seremos menos y seremos más, al mismo tiempo. Menos, por todas las mujeres que han caído en el camino, las asesinadas, las que ya no pueden pisar ese suelo y gritar esas consignas y aun así están ahí. Siempre están ahí, porque nosotras no olvidamos, porque ninguna se queda atrás.

Y a la vez seremos más, porque siempre somos más, porque esta causa —tan grande, tan loca, tan justa— crece como si tuviera huesos y piel, o como si se nutriera del agua y del sol, crece siempre hacia arriba, descontrolada, como si estuviera viva, que lo está. Y llena las calles una vez al año, hace suyos los suelos, los gritos, el violeta.

Sí que hay algo jodidamente bonito en estos días. Una suerte de alegría silenciosa, un deseo de celebración culpable, porque sabemos que no salimos ahí a celebrar.

Salimos a romper el techo de cristal con nuestros gritos, a tumbar el acoso sexual y la discriminación. Salimos a recordar a las asesinadas —que no, que no olvidamos—, a salvar a las vivas y salvarnos a nosotras mientras podamos. Salimos a despedazar los roles, los moldes, las verdades absolutas, a creer solo en nosotras mismas. Salimos a continuar lo que otras empezaron, a corresponder a las mujeres que nos precedieron y a las que debemos todo —gracias, donde estéis, de verdad, gracias—.

Salimos a ser libres.

Salimos, sobre todo, a recordarnos unas a otras que no estamos solas.

Que no, que no estás sola, te lo prometo. Estamos todas aquí. Estamos aquí, míranos.

Y yo sé que hay mucho que hacer y todavía poco que celebrar.

Pero es que nos hacemos tan grandes, es que estamos tan juntas, es que es tan jodidamente bonito todo.

Que yo no puedo evitarlo, celebro un poquito.

Mientras lucho.

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